Un matemático que no quiso ser una leyenda

Baraja de blackjack de casino

Tanto en la vida como en el juego, a muchas personas les toca arrepentirse de lo que pudieron ser y no fueron. Hay personajes que tienen un don especial para según qué cosas, sin embargo, luego no saben administrar correctamente las situaciones para sacarle el mayor partido posible a su habilidad. También ocurre que a veces no quieren que eso ocurra. Es lo que le pasó a otro genio del blackjack como Peter Griffin. Era especial, pero nunca quiso serlo.

Griffin era un simple matemático que encontró en el juego una forma de explotar todo su potencial. Con la humildad siempre por delante, él se consideraba un docente que enseñaba a sus alumnos. Nunca quiso sumergirse en exceso en el mundo de los casinos, pero dejó más que justificado que tenía madera para haber llegado muy lejos en este aspecto. Compartió sus conocimientos con el mundo en algunas de sus obras, aunque no tuvieron toda la repercusión que se podía esperar.

En la última etapa de su vida se acabó concentrando en su familia y amigos. El juego nunca había significado para él lo que sus teorías habían significado para el juego. Una enfermedad decidió que su vida había terminado, pero su recuerdo siempre estará en los futuros jugadores de blackjack. De hecho, se le reconoció como se merecía y a día de hoy se le sigue haciendo. Todo apostador que se precie debe tener en la mente la historia de Griffin.

Como la historia de muchos otros jugadores y profesionales de blackjack, Peter tuvo que trasladarse varias veces a lo largo de su vida por los Estados Unidos. Nació en Nueva Jersey, pero se crió en Williamsport, ciudad del estado de Pennsylvania. La villa, aunque de población limitada, era el centro financiero y comercial del área metropolitana del estado y como tal tenía una gran afluencia de público. Su familia estaba llena de personajes singulares de los que Griffin aprendería.

Su abuelo había sido matemático en el reconocido Reed College, mientras que sus hermanos eran poetas y escritores. Más concretamente, su hermano era el que se dedicaba a la poesía y su hermana a redactar. Esto provoca que no sorprenda que el bueno de Griffin también quisiera aficionarse a la escritura. Además, su padre era un asesor financiero que dirigía una consultoría en Chicago. No lo tenía muy complicado para saber que hacer en la vida.

De Pennsylvania se trasladó a Illinois. En Chicago iba a seguir creciendo, debido a que su padre tenía su trabajo en esta ciudad. Sin embargo, él acabaría estudiando más al oeste todavía del país. Portland, la ciudad con más habitantes del estado de Oregon, fue su destino final. Aquí iba a iniciarse como estudiante de magisterio para después trasladarse a Sacramento, California. En este último destino recibió su título de maestro y empezó a enseñar estadística y cálculo. Las ecuaciones diferenciales eran su fuerte y sus alumnos enseguida se iban a dar cuenta de ello.

Peter Griffin Blackjack

Griffin era un hombre de hábitos. El resto de docentes se sorprendían porque era siempre muy metódico. Cogía su bicicleta y se presentaba en la universidad siempre a la misma hora. No importaba la distancia a la que estuviera el campus de su lugar de residencia. Le encantaba saltar a la comba y era aficionado a la lectura. Leía libros sobre otros grandes matemáticos para poder inspirarse y como tal apareció en su vida Edward Thorp. La obra “Beat the Dealer” le inspiró para empezar a interesarse en el juego y en los casinos.

Fue en 1970 cuando Griffin acudió a un curso práctico sobre matemáticas de apuestas. Para poner en práctica los conocimientos que había adquirido se desplazó a Nevada y se presentó por primera vez en los grandes casinos de Las Vegas. No le duró mucho, ya que más pronto que tarde acabó con el capital que disponía. Ese fue el momento en el que decidió que tenía que aprender más sobre este mundo. Los craps le habían atraído, pero en lo que más rabia le dio perder fue en el blackjack. Era consciente de que se podía ganar al crupier y juró vengarse de las salas de juego. En eso se pareció a otro gran jugador como fue Al Francesco, declarado enemigo público de los casinos.

Griffin pasó mucho tiempo estudiando estadísticas matemáticas que pudiera aplicar al juego del blackjack. Pasó una larga temporada en los casinos como observador. Apostaba una pequeña cantidad para no levantar sospechas y después se hacía invisible para recoger todos los datos que necesitaba. Después regresaba a su despacho en la universidad, donde se encargaba de buscar patrones y ensayar con partidas simuladas. Lo hacía todo de cabeza y gracias a su extensa memoria.

Unos cuantos años después llegaría su gran publicación. En 1979 se publicaba su libro “The Theory of Blackjack: The Compleat Card Counter’s Guide to the Casino Game of 21”. En él, Peter ampliaba lo que Thorp había expuesto en su conocido libro y del que tantas copias se habían vendido. Éste no llegó a vender tantas y de hecho se quedó en apenas un 10% en comparación con el libro de su mentor. Sin embargo, los que lo leyeron supieron dar el valor que realmente los conocimientos de Griffin se merecían.

Su teoría estaba basada en el análisis matemático. Griffin aseguraba que el secreto del gran jugador estaba en mantener una imagen matemática de la baraja en todo momento. De esa manera se podrían saber que cartas habían salido y cuales quedaban por salir. Así, el jugador podría subir las apuestas en mayor o menor medida según la cuenta que llevara.

Todo este proceso estaba muy bien explicado en la publicación. Los cálculos matemáticos que presenta en ella el profesor están perfectamente explicados paso a paso, para que incluso quienes no son expertos con los números los puedan comprender. Además, se encargó de poner un pequeño toque de humor que contentó a todo el mundo. El libro se transformó en poco tiempo en una lectura obligatoria para cualquiera que quisiera ser un experto en blackjack. Y no solo para los que quisieran convertirse en jugadores profesionales, también para el que quisiera pasar el rato en el casino.

Libro de Peter Griffin sobre blackjack

Fuente: walmart.com

El espíritu de Griffin era precisamente ese. Él nunca pretendió ganar una gran fortuna con sus conocimientos, ya que sus métodos requerían de un largo tiempo inmerso en el juego para poder obtener grandes ganancias. Su objetivo era ser profesor y lo había conseguido. Su hazaña era mostrar al mundo sus habilidades y también lo había conseguido. Y sobre todo, su necesidad era la de abrir camino a futuras generaciones de jugadores que pudieran poner en jaque a las salas de juego.

En su libro, estas generaciones, encontraron una ayuda y un apoyo. Lo mismo que en otra publicación que Griffin sacó a la venta en 1991, llamada “Extra Stuff: Gambling Ramblings” y que publicó la editorial Huntington Press. Se puede decir que ésta complementaba a la primera. Incluía cosas que se habían quedado en el tintero de su primer libro y que era necesario saber para perfeccionar aun más la técnica del conteo de cartas. Con esto Griffin fue el primero en calcular la desventaja media de un jugador que solía estar en torno a un 2%.

No fue su único descubrimiento, ya que también calculó las ganancias que de media podía obtener un jugador aplicando una estrategia básica en el blackjack. Algo que sirvió de referencia para sus lectores. Tenían la explicación que necesitaban de cuánto tiempo debían dedicar a su pasión para que pudiera compensar. Aunque Griffin siempre tuvo claro que el que quisiera triunfar como jugador de blackjack debería dedicarse exclusivamente a eso. Para él había que tener en la cabeza siempre el juego y desarrollar un gran deseo por mejorar. Algo que él nunca llegó a tener.

Lo que si tenía era una memoria que dejó con la boca abierta a todos los que siguieron de cerca su obra. Griffin era capaz de tener en su mente hasta seis recuentos de carrera al mismo tiempo. Algo inimaginable para la mayoría de jugadores, que suelen tener como mucho uno y siempre de forma aproximada. Era algo increíble. De hecho, participó en un experimento en el que debía jugar hasta 5.000 bazas aplicando su teoría. Lo expertos querían ver hasta que punto sus enseñanzas eran eficientes. Griffin ganó un 82% de las manos.

El de Nueva Jersey dejó entrever que el objetivo de todo jugador sería el de llegar al menos a un 90% de partidas ganadas. Llegó a asegurar que probablemente había gente que pudiera alcanzarlo, pero siempre y cuando se dedicara en cuerpo y alma a ello. Tras sus publicaciones, Griffin fue admirado por muchos y repudiado por otros, sobre todo los casinos, por desvelar los secretos del blackjack para derrotar a la banca.

Aun así, siguió recopilando estadísticas sobre jugadores profesionales de este juego que acudían a los salones de Atlantic City. Luego llevaba a cabo cálculos diferenciales sobre otros apostadores de las ciudades más importantes del sector en Nevada. Fue su última aportación al juego, del que tanto había aprendido y viceversa.

Sus últimos días los pasó en un hospital de Sacramento. Un cáncer de próstata acabó con su vida en 1998, pero lo hizo como él deseaba. Acabó rodeado de su familia y ejerciendo de profesor, lo que siempre fue. Un bonito final que merecía esta eminencia del blackjack.

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